Cinturón Ecológico de Lima Metropolitana río Huaycoloro y río Surco

Historia

¿Dónde nace el Huaycoloro? Domingo recorrió la quebrada del mismo nombre hasta San Juan de Jicamarca, un pueblo olvidado de la provincia de Huarochirí cercano al Paucucha, una extraña cumbre rocosa sobre los 3,500 m s.n.m. que es considerada el origen mitológico del Huaycoloro.

El recorrido nos llevó por un paisaje que parece congelado en el tiempo y sin presencia humana, pese a que colinda con Lima Metropolitana.

A diferencia de la vecina quebrada del río Rímac, en el Huaycoloro no existen autopistas repletas de autos, ni ferrocarril, ni chacras, ni poblados. Solo se ven las enormes zanjas erosionadas por los sucesivos huaicos del reciente Niño Costero. La erosión dejó un curso serpenteante y profundo –ahora seco– con paredes de casi diez metros de altura donde anidan bandadas de loros procedentes de las quebradas del Rímac y del Chillón. Y es así como entendemos su nombre: Huayco-loro.

El acceso a la quebrada es una simple huella carrozable restaurada por la empresa Petramás luego de El Niño Costero. La ruta permite el acceso de nuestra camioneta de doble tracción en medio de un paisaje donde las enormes rocas que arrastró la corriente parecen descansar entre páramos de hierba silvestre de casi un metro de altura.

“Es un paisaje fosilizado”, nos explica Jonathan Palacios, experto en arqueología precerámica, mientras recorre la zona sin dejar de tomar fotografías y tratando de identificar antiquísimos asentamientos humanos y algún geoglifo oculto bajo el nuevo pastizal. “Así fue Lima hace cinco mil años”, insiste.

Es tan silvestre el paisaje que en el camino nos advirtieron no acampar en las alturas porque los “pumas no los dejarán dormir”.

Lo cierto es que en el trayecto no vimos grandes felinos pero nos sorprendió ver una jauría de perros de chacra viviendo en los agujeros que dejó el huaico dentro de la quebrada aluviónica.

Agua domesticada

La historia de la quebrada del Huaycoloro se remonta aproximadamente al año 1600 aC, cuando los primeros pobladores de Lima descubrieron que esta correntera de lodo les permitiría dar un gran salto tecnológico: pasar de un estado elemental de agricultura por inundación y de uso limitado de canales de riego; a uno de riego intensivo o por gravedad.

“Conscientes del valor de las corrientes aluviales lograron la hazaña de la domesticación del agua –sostiene Palacios. En este caso, manejando las torrentosas corrientes con fines de modelado del paisaje cultural y agrícola. Aprovecharon las corrientes para crear nuevas áreas de cultivo sobre las vastas superficies onduladas y pedregosas que hasta ese entonces conformaban el valle de Lima”.

Si bien este proceso se dio en otras quebradas de la costa central, es en la del Huaycoloro donde se logró preservar los restos arqueológicos como pruebas milenarias de estos procesos pioneros de ampliación de la frontera agrícola.

“Derivaron con pericia parte de su curso para estancar las corrientes lodosas, mediante barrajes o extensos elementos de contención, dando lugar a la sedimentación de los valiosos elementos en suspensión que transportan consigo: limos y arcillas, formando así el primer horizonte de suelo”, sostiene el arqueólogo (ver infografía).

Hoy en día vemos con espanto las crecidas del Huaycoloro o las lluvias propias del Fenómeno El Niño. Para los antiguos limeños eran una bendición del cielo que permitía aprovechar el lodo para expandir la frontera agrícola, algo que fue modelando el paisaje de lo que sería Lima Metropolitana.

Hace apenas cien años, la quebrada del Huaycoloro era un lugar de tránsito obligado para las recuas de mulas cargadas de minerales, alimentos y hasta nieve, así como para los viajeros que se dirigían a Jauja, Pasco o Huánuco. Pero todo cambió con la construcción de la Carretera Central y del Ferrocarril del Centro, congelando el paisaje de la quebrada.

Palacios inició sus investigaciones arqueológicas en 1988 en las antiguas ladrilleras de Huachipa, donde las excavaciones en las canteras permitieron estudiar los sucesivos estratos que “son como un libro abierto” para estudiar el desarrollo urbano y agrario de la zona.

Ya casi no quedan ladrilleras, pero Palacios lamenta que las canteras hayan sido invadidas por asentamientos humanos cuando estos agujeros pudieron servir como enormes lagunas para almacenar las aguas cargadas de lodo del Huaycoloro y desecarlas como insumo para los ladrillos que requiere el boom inmobiliario de Lima.

Las excavaciones también permiten evaluar el origen de la cerámica andina. Y es que existe una coincidencia entre el Mega Niño que afectó la costa peruana hace aproximadamente tres mil años con la aparición de la cerámica.

“Cuando las poblaciones de los valles se establecieron plenamente, empezaron a habilitar su propia infraestructura hidráulica, una que les permitió usufructuar el torrente aluvial. A partir de ese momento necesitaron de depósitos arcillosos de calidad”, sostiene Palacios.

Agua en Jicamarca

El recorrido por la quebrada del Huaycoloro nos llevó hasta el poblado de San Juan de Jicamarca, con su pequeña iglesia construida en piedra labrada. Sus pobladores aseguran que sus antepasados fueron célebres picapedreros y que “ellos fueron los encargados de construir el frontis y las escaleras de la Basílica Catedral de Lima”.

Los ancianos aún conservan las antiguas tradiciones orales que han sido recuperadas por el propio Jonathan Palacios en el libro AGUA, que será presentado este martes 8 de agosto en los ambientes del Museo de Pueblo Libre, por el doctor Tom Dillehay, antropólogo y arqueólogo de la Universidad de Vanderbilt y pionero en las investigaciones en las cuencas de los ríos Chillón y Rímac.

El libro detalla con fotografías e ilustraciones las reveladoras excavaciones en la zona de Huachipa (La Explanada) auspiciadas por la Universidad Peruana Unión. Incluye además un anexo con los testimonios de las complicadas ceremonias realizadas por los antiguos huarochiranos para “llamar la lluvia”. Los relatos dejan entrever la antigua influencia territorial de los jicamarquinos, con sus fronteras que llegaban hasta la Pampa de Amancaes, en el distrito del Rímac; e incluso hasta las orillas de las playas en Ventanilla, en el Callao.

Conscientes del valor de las corrientes aluviales lograron la hazaña de la domesticación del agua. Hace apenas cien años, la quebrada del Huaycoloro era un lugar de tránsito obligado para las recuas de mulas cargadas.

El río Surco​

O canal de Surco, es el nombre histórico de un río de Lima, perteneciente a la vertiente del Pacífico. El canal nace del rio Rímac, en el distrito de Ate, recorre 17 distritos, destacando San Borja, Santiago de Surco, Chorrillos​ y desemboca en el océano Pacífico, en la playa la Chira, en el distrito de Chorrillos.

Fue utilizado como canal de riego de la cultura Lima desde el siglo I. Tiene una longitud de 29.5 km, siendo el más grande de la ciudad. ​

Actualmente, el agua proveniente del canal es empleada en gran parte, para regar las numerosas áreas verdes de Lima (parques, jardines, rotondas y bermas centrales). No obstante, su caudal elevado generó inundaciones en algunos sectores de Chorrillos en el 2010. En 2014 se planeó la construcción de una planta de tratamiento para cubrir el agua potable en asentamientos humanos.

Aspectos generales del proyecto

Longitud de 27 Km

De Ate Vitarte a Chorrillos

Sembrar un millón de arboles

Sistemas de regadío

Almacenamiento de agua

Convertir el rió surco en un rió turístico

Creación de la autoridad autónoma del cinturón ecológico